Entrevistamos a Alexandra Carballo, fundadora junto a M. Eugenia Scofienza, de la Fundación Cultura de Trabajo, una organización focalizada en la inclusión laboral de hombres y mujeres de entre 18 y 70 años de edad, que se encuentran en desfavorables condiciones socioeconómicas y habitacionales.

¿Cómo nace la fundación?

El proyecto surgió hace 10 años a partir de una investigación para una maestría que en ese momento estaba haciendo Eugenia, una de las fundadoras, que nos permitió acercamos a distintos hogares y paradores, contactando a hombres mayores de 45 años, que eran el objetivo de la iniciativa en ese momento. La hipótesis, que luego se corroboró, era que muchos de ellos  cuentan con el expertise, la cultura de trabajo y los conocimientos necesarios para reinsertarse laboralmente, pero por su situación de vulnerabilidad sumaban varios limitantes en el acceso a una oportunidad laboral. Lo cual les imposibilitaba reinsertarse en el mercado del trabajo. Todos llegaban a una situación extrema por diferentes razones y circunstancias de la vida, pero no por problemas de alcohol, ni de drogas, ni por problemas psicológicos.

De hecho, nosotros les hacíamos un test donde indagábamos sobre sus principales problemáticas y a pesar de que no sabían si esa noche iban a dormir nuevamente en un plaza o en un parador, su principal problema no era ni la vivienda, ni la inseguridad, ni la alimentación. Todos ponían como primera necesidad al trabajo. Por lo tanto, comprendimos que más importante para este tipo de segmentos era ayudarlos a conseguir un empleo.

¿Cuáles son los objetivos de la Fundación y a través de qué iniciativas los concretan?

El objetivo básico es que las personas que se encuentren en algún tipo de situación de vulnerabilidad social o habitacional, que los limite a la hora de insertarse en el mercado del trabajo, pueda a través nuestro encontrar las herramientas y recursos que lo adelanten en la fila.

Nuestro primer objetivo es que empiecen a tener entrevistas y brindarles todas las herramientas que ellos necesitan para poder estar en cierta equidad de condiciones con respecto al resto. Una vez que los adelantamos en la fila y los sacamos de la desilusión –hay gente que pasa años sin tener entrevistas- se empieza a trabajar fuertemente en fortalecerlos y que puedan ingresar a un empleo. Nuestra máxima expectativa es que sea un trabajo bien remunerado con todas las garantías y derechos que corresponden, pero también sabemos que existe una realidad en el mercado laboral argentino que no se puede negar.

Lo importante es que ellos comiencen a tener un ingreso fijo que les garantice el acceso a el alimento y la vivienda, y les permita proyectar para poder seguir creciendo y conseguir otros empleos. Nada de esto puede ser posible, como tampoco capacitarse, certificarse o matricularse, si no se tienen las cuestiones mínimas garantizadas.

En este sentido, siempre decimos que la capacitación está muy bien pero que no es la respuesta a todo. Si una persona tiene las necesidades básicas insatisfechas es probable que si al iniciar un periodo de entrenamiento le sale una changa, no pueda continuar con la capacitación o sostenerla a largo del tiempo. Además hay que tener en cuenta que puede desincentivarse, cuando luego de capacitarse no consigue empleo, lo cual lo lleva a preguntarse para qué debe seguir capacitándose. Es como el huevo y la gallina. Por eso entendemos que primero hay que tratar de conseguirle un empleo para después seguir creciendo.

¿Qué anécdota le gustaría compartir?

La anécdota que quiero compartir remite a un hombre que estuvo en situación de calle muy poco tiempo. Le conseguimos un empleo, pero necesitábamos que para poder mantener el trabajo, al menos el primer mes estuviera habitando un hogar (se lo conseguimos y lo admitieron). Después de pasar la primera noche allí, le pedimos que viniera a la Fundación para ver cómo estaba y reforzar algunas cuestiones que se pierden al estar en la calle, siempre con el foco puesto en lo laboral. Cuando le preguntamos si había dormido bien nos respondió que no, que no había podido pegar un ojo en toda la noche porque no podía creer tener un techo arriba de su cabeza y era la primera vez en mucho tiempo que no veía las estrellas.

Lo gratificante de nuestro compromiso es que las personas a las que ayudamos nos agradecen y bendicen, por ejemplo, por haberles conseguido la posibilidad de comprar en cuotas las zapatillas y los libros para que sus hijos vayan al colegio.

Cualquiera de estas personas puede ser un familiar tuyo que tuvo una mala situación; o uno mismo, luego de tener un mal momento con un negocio o al no haber conseguido tener tu hogar. La Argentina tiene particularidades muy bravas.

¿Qué opinión tiene con respecto a la igualdad de oportunidades en Argentina? ¿Cómo estamos en comparación con la región?

En América Latina, exceptuando dos o tres países o rubros, las diferencias y desigualdades están cada vez más fuertes. El caso de Argentina es muy sorprendente: desde que empezó la democracia no hemos podido bajar del 30% como núcleo duro de pobreza, habiendo tenido incluso años de superávit, las mejores épocas de commodities, o el crecimientos a tasas chinas. La generación del empleo en nuestro país está muy desactualizada, todavía hay mucho por hacer y discutir.

Esta situación de pandemia nos va a obligar a repensar el mercado laboral desde el teletrabajo, los horarios, las regulaciones sindicales y de las obras sociales, el sostenimiento de la fuente de empleo y su calidad, y la forma en la que se contrata.

Tenemos una informalidad altísima y muy poca flexibilidad. Si bien contamos con muchos programas de contención social, no son suficientes. Entonces algo estamos haciendo mal. Y si no se genera empleo genuino y no logramos que esas capas que nosotros estamos sosteniendo desde la emergencia, puedan insertarse en el mercado del trabajo en equidad de condiciones, no hay manera de que podamos romper el piso de 30% de pobreza. Menos aún, si tenemos en cuenta que hoy estamos en el orden del 50% de pobreza en Argentina, con 7 de cada 10 menores de 18 años sin poder cubrir sus necesidades mínimas nutricionales. Estamos hipotecando nuestro futuro y eso preocupa.

A nivel de equidad de género, ¿cómo se compone el universo con el que ustedes trabajan?

No es algo que hemos buscado pero de una u otra manera, si bien tenemos muchos voluntarios hombres, quienes dirigimos la Fundación somos todas mujeres. Pero se dio así sin buscarlo. Como mujeres profesionales abogamos a pensar la incorporación de la mujer a las diversas formas de empleo, de una manera en la que todavía no estamos siendo tenidas en cuenta, o de llegar a cargos gerenciales y lograr la igualdad en relación al salario.

En los workshops de responsabilidad social y empleo que realizamos habitualmente, no solo hablamos del tema de la vulnerabilidad social sino también de los cambios y transformaciones que se vienen dando en el mercado laboral. En el caso de la industria dura, con la ley del cambio de género, puede pasar que muchos de los trabajadores de la fábrica decidan cambiar su identidad, lo cual llevará a repensar protocolos y una serie de cuestiones que tienen que ver con el respeto y la aceptación del otro.

La región viene muy atrasada en términos de legislación laboral y de aceptación.

Trabajamos mucho el tema de que si bien las empresas grandes no contratan segmentos vulnerables, sí lo hagan a través de su cadena de valor. Es importante empezar a pensar los trabajos con impacto social. A veces pequeñas acciones de una compañía tienen un impacto enorme que hace a la diferencia.

¿Cómo es la relación con los voluntarios de la Fundación y qué perfiles y motivaciones tienen en general?

La mayoría de nuestros voluntarios son del área de Recursos Humanos o de Gestión del Talento. En las entrevistas para ingresar a nuestra bolsa de empleo, cada uno de nuestros colaboradores descubren historias muy impactantes. La clave es encontrar al ser humano detrás del postulante, y creo que eso es lo motivacional y lo diferenciador, sabiendo que estamos haciendo una diferencia, porque estamos convencidos que la salida de la pobreza es el acceso al empleo genuino.

¿En tiempos de Covid-19 y aislamiento social obligatorio, cómo están desarrollando sus actividades?

En la pandemia muchas de nuestras planificaciones están postergadas, sobre todo lo que tiene que ver con capacitaciones y cuestiones presenciales, pero seguimos trabajando de manera virtual la búsqueda de empresas y postulantes, las capacitaciones a voluntarios, y el armado de la estructura de manuales para un par de proyectos que se cumplimentarán en la última parte del año, en el verano o en 2021.

Por suerte nuestra estructura fue pensada para trabajar en forma remota, precisamente porque Eugenia y yo, como tenemos también nuestros trabajos, muchas veces no podemos ir a la oficina. Aunque es cierto que no podemos estar llevando adelante las entrevistas de admisión presenciales, no estamos pudiendo ofrecer el espacio de duchas para quienes quieren bañarse antes de ir a una entrevista laboral, y no podemos realizar entrevistas laborales precisamente por las restricciones de movimiento; lo cual impacta. Además, tenemos puestos de trabajo que están en stand by por la situación actual.

¿Cómo pueden colaborar las empresas con los objetivos de la fundación?

Cualquiera que quiera trabajar en relación al impacto social con respecto al empleo en inclusión socio laboral, puede hacerlo con donaciones mensuales, voluntariado corporativo, teniéndonos en cuenta para sus búsquedas de empleo (y si no corresponden con sus rubros, hablando con su cadena de valor), y sumándose a la cena anual de recaudación de fondos. Hay muchas variantes disponibles y si no, se buscan. Tenemos acuerdos con universidades y empresas. Si una organización quieren sumarse al proyecto, se encuentra la forma de hacerlo. Por ejemplo, en estos días NUMAN nos ayudó con máscaras y ya hicimos la primera entrega en un comedor. Siempre hay pequeñas cosas que pueden ayudar.